09 septiembre 2015

AGOSTO, CALOR Y HUMO Julio Rodríguez López

AGOSTO, CALOR Y HUMO
Julio Rodríguez López[1]

 Si en 2015 se repitiese  la climatología de 2014, el calor puede prolongarse hasta el próximo octubre. Se alude al elevado calor de “este verano”, como si lo sucedido en 2015 entre  junio y agosto fuese algo aislado, no repetible. Junto a las altas temperaturas, agosto fue un mes negativo para las bolsas, que vieron caer las cotizaciones, asustadas sobre todo por lo que puede haber detrás de los intentos chinos por devaluar su moneda y por mantener artificialmente sus bolsas a flote. Mientras tanto, en España los medios de comunicación buscaron mejorar el ambiente comentando los buenos datos turísticos y los fuertes aumentos de las viviendas vendidas y de las hipotecas registradas.

  Lo del calor fue serio. En pueblos de la alta Alpujarra, en  la provincia de Granada, a más de 1.000 metros de altura, se sacaban en agosto los colchones a los terrados de las casas para poder dormir. En buena parte del litoral mediterráneo la prolongada combinación de altas temperaturas y de una elevada humedad creó un ambiente difícilmente soportable. Las facturas de consumo eléctrico han superado con frecuencia el coste del alquiler. Las consecuencias del claro cambio climático, adicionales al elevado calor, son abundantes.

  Destacan, entre otras, la reducción de las producciones de alimentos, cuyos ciclos productivos se adelantan,  las dificultades de polinización ante el menor número de abejas, las sequias prolongadas, la desertización creciente de amplios espacios territoriales, la presencia de nuevas variedades de insectos, que atacan sin piedad a cultivos tan tradicionales como el olivar y la higuera. Todo ello apunta a que  los problemas no son solo  cosa de “este año”. Y la próxima cumbre del clima, a celebrar en París, aún carece de recursos para su celebración.

  El turismo en España parece estar  viento en popa. Pero, ¿cómo incide sobre el empleo tanta entrada de turistas? La estadística de afiliación a  la Seguridad Social indicaba que en julio de 2015 (media mensual) había 1,5 millones de afiliados en la rama de “hostelería” (hoteles, restaurantes y bares). Dicho total suponía el 9% de la afiliación total en dicho mes (17,2 millones) y el aumento acumulado interanual  (régimen general y autónomos) fue del 5,5%. La hostelería explicó el 14,3% del aumento total  de la afiliación en España  en el periodo interanual citado.

 Lo anterior confirma la importancia del turismo en la economía española, pero sirve para recordar que dicha economía también depende decisivamente de  otras actividades, aparte de que los empleos turísticos  no son precisamente los más punteros en retribución y en capacidad de generar valor añadido, junto a la cuestión de  su acentuada estacionalidad.

Sería conveniente que, junto a los datos del número de extranjeros entrados, se comentase  el empleo que tales avalanchas de turistas generan. Las noticias citadas invitan a pensar que en España está  todo resuelto con la entrada de  turistas. El alcance de tal  actividad  es relevante pero es necesario  desarrollar  otras actividades que produzcan empleos sostenibles y duraderos.

 El paso frecuente por las playas del sur de los helicópteros de la guardia civil recuerda que los inmigrantes o refugiados están cerca. Cuesta trabajo creer la disponibilidad alemana a aceptar 800.000 refugiados en su territorio en este turbio año de movimientos masivos de población. No se puede estar de espaldas a un problema que tanto acosa a la Europa desarrollada.

  Los datos confirman que se está en el inicio de una nueva etapa de expansión en el mercado de la vivienda. España tiene un largo historial de expansiones y de hundimientos del mercado inmobiliario. Tales periodos han coincidido con fases de crecimiento acelerado de la actividad y han sido provocados en gran parte por el sistema financiero, por la relajación  en la concesión de financiación crediticia a promotor y a comprador.  

 La última fase de auge del mercado de vivienda en España, la registrada entre 1997 y 2007, tuvo un “fin de fiesta” amargo, cuyas consecuencias todavía las sufre de lleno el pueblo español. Los ciclos impulsados por la expansión crediticia suelen dar paso a recesiones más acusadas que cuando el ciclo se origina en otros componentes de la demanda. Tras la nueva etapa de auge inmobiliario están  las aportaciones masivas de liquidez de los bancos centrales a los bancos para alejar el riesgo de deflación.

 La liquidez citada ha impulsado a los fondos de inversión, más o menos “buitres”, para entrar de lleno en un mercado que dejarán al primer riesgo de pinchazo. La caída de la nueva construcción ayudará a que los aumentos de precios de las viviendas puedan ser relativamente rápidos, aunque queden más de 500.000 nuevas viviendas sin vender procedentes del exceso anterior.

El cohete de salida ha sonado para especuladores, constructores y, sobre todo, para los alcaldes a la espera del caramelo de las recalificaciones. Tras agosto y el calor viene el humo de  la falsa euforia del ladrillo, de la que no hay forma de prescindir, por más que se hable de cambiar el modelo productivo.

Una versionde este articulose publicóenla revista El Siglo de Europa el 7 de septiembre de 2015   



[1] JRL es  Vocal del Consejo Superior de Estadística y miembro de Economistas frente a la Crisis

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